Madero, el apóstol

Ernesto Reyes


En La sucesión presidencial en 1910, publicado dos años antes, Francisco I. Madero trataba con dureza pero con respeto al general Porfirio Díaz, acusado de “dictador” por permanecer durante más de 30 años al frente de la presidencia. En el texto afirma que era inmoral que el poder estuviera en manos de un solo hombre. El poder absoluto, le llamaba, pues al prolongarse por tanto tiempo había provocado “que las costumbres se viciaran, que el pueblo perdiera su energía, y la ley, su prestigio.” Calificaba de paternalista a la dictadura de Díaz, la cual había derivado y “propiciado la corrupción del ánimo, el desinterés por la vida pública, un desdén por la ley y una tendencia al disimulo, al cinismo, al miedo.” Cualquier semejanza con la realidad actual es pura coincidencia.

Hace más de 108 años que se cumplen este 20 de noviembre, Madero encabezaba un movimiento que reclamaba la urgencia de realizar cambios por la vía pacífica, lo cual incluía entre otras cosas, la libre elección de la vicepresidencia, la renovación de varias gubernaturas afectas a Díaz y que se garantizara, por parte del gobierno, su compromiso con la libertad de expresión y la democracia.

Se dolía que la sociedad abdicara de su libertad y renunciara a la posibilidad de gobernarse a sí misma, lo cual representaba “una mutilación, una degradación, un envilecimiento”. Por tanto, postulaba la necesidad de que los mexicanos se sacudieran su pesada indiferencia e hicieran un vigoroso esfuerzo para organizarse y luchar por sus derechos políticos bajo el principio de “sufragio efectivo no reelección”. ¿Les recuerda algo?

Hombre de ideas, adelantado a su tiempo, como los hermanos Flores Magón- quienes por cierto aborrecían a Madero al considerar que era un “pequeño burgués” que solo luchaba por sus intereses de clase - tenía para cuando se imprimieron tres mil ejemplares de su libro, cuatro años de haberse involucrado en la política de su estado natal, Coahuila. Sin embargo, el análisis político y sociológico que presentaba, pretendía abarcar- como dice la maestra María Teresa Franco- la totalidad del fenómeno político en el país.

Con la certeza de que debían triunfar “los principios democráticos”, se decía convencido de que “la riqueza, la ilustración, el patriotismo” que poseían él y su familia, lo impelían a no permanecer como espectador “en la gran lucha que se avecina, sino para que entremos en la lid valientemente”. Tenía ante sí dos escenarios, que han descrito historiadores y críticos: México debía transformarse – la tercera transformación, si se le quiere llamar así- mediante la apertura del sistema por la vía electoral o lo inevitable que estaría determinado por la cerrazón y la ceguera del régimen, lo cual llevaría, inexorablemente, a la rebelión armada y a la revolución.

Convencido de que el pueblo ya estaba maduro para iniciar una nueva etapa histórica, preveía que la misión liberadora de los “buenos mexicanos” se topara con escenarios tan cruentos como los que él mismo iba a protagonizar poco tiempo después de haber sido electo presidente tras la renuncia y exilio de Díaz: “¿Presenciaremos una lucha en que bañada en sangre sea ahogada para siempre la libertad, o bien que ésta resulte victoriosa en la contienda y se desplome con ruido atronador el poder absoluto?”

Con su propia vida y la de José María Pino Suárez – el 22 de febrero de 1913-, más la de miles de revolucionarios, se pagaría su empeño en denunciar el militarismo, abogar por la justicia social y reclamar un país pacífico, que lejos estaba de serlo. Se ganó con creces el calificativo de apóstol de la democracia.

¿Por qué recuerdo este tema, ahora? Porque en la primera transición mexicana hacia la izquierda hay una lucha abierta de quienes habiendo disfrutado durante 90 años de las mieles del poder – sean políticos, funcionarios, medios de comunicación, banqueros, etcétera- se resisten a cederlo a la generación que el pasado 1 de julio les ganó en buena lid. Sin embargo, frente al modelo económico y político que aquellos quieren preservar, existe un gran río de confianza popular que a partir de la toma de posesión se va a volcar en apoyo del nuevo ocupante de palacio nacional, confianza que urge reafirmar día con día hasta el final de su mandato.

No tengo duda de que con las mejores ideas de Morelos, de los liberales de la Reforma, de Madero y del general Lázaro Cárdenas, el nuevo presidente – con un poder legislativo que debe secundar dicho proyecto, aunque existan diferencias de modo y velocidad para conducir los cambios- persistirá en la búsqueda de diferentes utopías, mismas que lleven como centro gravitacional el derecho de l@s mexican@s a la felicidad, concepto superior que encierra algo más que una simple declaración de buenas intenciones.

@ernestoreyes14

 

*Publicado en Noticias, "Voz e Imagen de Oaxaca"

 

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