Javier López Luna

Ernesto Reyes


“Tú serás ese niño que sale a la tierra, encuentra la tierra, sale de su origen, encuentra su destino, hoy que la muerte iguala origen y destino y entre los dos clava, a pesar de todo, el filo de la libertad”. Este fragmento de “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes, podría describir los 78 años de vida de Javier López Luna, quien pensó al mundo como un espacio abierto, de hombres y mujeres libres, con hambre de ser universales pero por encima de todo, dignos. Sus restos mortales (Santiago Zoochila, 15 de mayo de 1940- Oaxaca de Juárez, 15 de abril de 2018) descansan en el panteón San Miguel.

Don Javier ya no verá el desenlace de esta contienda presidencial, pero en su juventud participó en otras, apoyando a José González Torres, Efraín González Luna, Luis H. Álvarez, Manuel J. Clouthier, Vicente Fox y Felipe Calderón, todos de Acción Nacional, su partido. Muy joven, conoció a Adolfo Christlieb Ibarrola, Abel Vicencio Tovar, y Luis Calderón Vega. Quiso mucho a don Luis Castañeda Guzmán, a su hijo, Luis; a Eugenio Ortiz Walls, y coincidió con José Isaac Jiménez, Joaquín Martínez Gallardo, José Herrera, Víctor Arias, Graciela Cruz Salazar, Perla Woolrich, Soledad Baltazar, Luis Andrés Esteva, Guadalupe González, Pablo Arnaud, y tantos otros. Una vez me invitó a participar en un panel con Germán Martínez, ex dirigente del PAN; siempre disfruté de la pluralidad y la crítica, hasta dentro de su propio partido, en la que él creía.

Con su madre, Marciana Luna y hermanos, vivieron en la avenida Hidalgo, de esta capital, donde daban hospitalidad a los serranos, me contó Cipriano Flores Cruz, su primo. Su padre Alberto López era profesor y su abuelo, Agapito López, revolucionario agrarista. Contrajo nupcias con Clarivel Rivera Castillo, el 7 de agosto de 1969. Sus hijos: Verónica, Lila, Pablo, Gabriela, Javier de Jesús y Uriel, les retribuyeron con 11 nietos, de los cuales, Felipillo, los llevó a Italia a atestiguar su examen profesional. Dejó una familia unida y fortalecida con principios e ideales, con la vocación de ayuda al prójimo.

Hombre de fe, devoto del Señor del Rayo, se fue con las más altas recomendaciones espirituales: con el arzobispo emérito, José Luis Chávez Botello, en la vigilia; y colegas de su hijo, el padre Javier de Jesús, en su misa, pero destaco la presencia de voceadores de periódicos con quienes comía cada 8 de mayo.

Con diez años trabajando en Hermosillo, don Javier comprobó que el norte no era como lo pintaba Vasconcelos, quien le servía de inspiración. A su regreso a Oaxaca, retomó la lucha como promotor de Acción Católica, en cuyas filas había conocido a su amada Clarivel, también de formación y corazón blanquiazul. Figuró como regidor del Ayuntamiento, oficial mayor y vocero del PAN estatal, pero nunca buscó servirse del cargo. Se le recuerda pegando y repartiendo propaganda, cuidando casillas, y participando de acciones de resistencia civil, frente a gobernadores que alguna vez ordenaron su arresto o los bañaron con agua y gases lacrimógenos. Nunca pudieron deslavar la dignidad y hombría de un demócrata.

Cada fiesta de muertos, la familia López Rivera recibía a sus amigos, con la invitación a que compusieran una “calavera”, saboreando mole, pan de yema, chocolate y mezcal. De buen comer, recomendaba lugares para recuperar la gastronomía regional, apostillando sus pláticas con recuerdos del Oaxaca de ayer. Los desayunos con Juan Ramón y Noé eran obligados, pero su vida después de la jornada laboral eran los portales del centro. Admiradores argentinos hasta le compusieron un corrido. El día en que lo fuimos a despedir, bebimos una cerveza en Caminito al cielo, con Ismael, Leonardo Pino, Blanca; en el otro extremo, Raciel, Genaro, Paco…

Su taza de café jamás podrá llenarla otro amigo, pero allá en torno al Zócalo lo extrañarán los laureles y los pájaros; los boleros, las vendedoras de lotería, las y los meseros, y amigos como Milla, Rueda, Villalobos….También el vendedor de diarios y el saxofonista que solía tocarle “Azul, como una ojera de mujer”.

Veinticinco años laborando en Noticias, participó en las protestas contra Ulises Ruiz cuando el ataque al periódico. Gran orador, melómano, admirador de Catón y El Filósofo de Güemes, de ahí su gran sentido del humor, recitaba de memoria el final de un poema, de Francisco Hernández Domínguez, que hoy sonaría como su epitafio: “… Y un día, solo verás el adiós de mi pañuelo, cuando mi vida se rompa como plato de buñuelo. Búscame entonces, Oaxaca, en laxitudes de hamaca o en las hojas de laurel y guarda, cuando me vaya, mi barquito de papel que se ha dormido en tu playa”. Hasta siempre don Javier.

@ernestoreyes14

 

*Publicado en Noticias, "Voz e Imagen de Oaxaca"

 

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